Las invenciones psicóticas en las instituciones. // Por: Jáder Flórez – Asociado Nel Medellín

La modernidad puede ser entendida como “la actualidad de lo que ocurre, el hoy”[1] y eso que ocurre, en cada tiempo, siempre posee saberes que se entronizan y dictan “la última moda”[2]: lo que hay que creer, lo que es correcto o la respuesta estándar para…

En ese sentido, lo que se escapa a la moda, a esa utilidad directa a la que somos empujamos, tomados a regañadientes en estos tiempos modernos, es leído como un tropiezo para el discurso de la homeostasis, un problema para cumplir su ideal: “eliminar todo lo que pueda obstaculizar el retorno de la tensión a su nivel más bajo”[3].

El discurso de la homeostasis, se encuentra en todas las instituciones, ya sea bajo la forma del protocolo, del manual de convivencia, del reglamento, entre otros. Algunas de ellas sostienen esa creencia ingenua en “la omnipotencia creadora del significante”, creencia que rechaza todo lo que se apoye en la enunciación del Uno, todo lo que escape al sentido, generándose un aborrecimiento de aquello que se separara del “infinito rebaño del blablablá”[4]. En consecuencia, consideran más beneficioso las prácticas que promueven la homeostasis que aquellas prácticas que intentan hacer algo con lo que “no sirve para nada”, con lo “que no hace bien”: el adolescente problemático, el niño ruidoso, el paciente que no para de quejarse, entre otros.

A mi parecer, el discurso analítico como reverso del discurso de la homeostasis, puede ser de provecho para una institución, en la medida en que está permita darle otro lugar a eso que “no sirve para nada”, a eso que no se acomoda al ordenamiento o dinámica institucional.

La invención

La invención es definida por Miller como “una creación a partir de materiales existentes”[5], no una creación a partir de la nada, dándole a esta, un valor de bricolage. En ese sentido, la invención es una creación a partir de los recursos que tiene cada sujeto, creación que viene como respuesta del sujeto en su intento de tramitar eso insoportable que se le impone, que irrumpe.

Entonces surge la siguiente pregunta: ¿Qué lugar tienen las invenciones de un sujeto en las instituciones a las que pertenece? ¿Cómo son vividas esas invenciones por las instituciones regidas por un discurso de la homeostasis?

Antes de intentar elucubrar posibles respuestas para estas preguntas, las cuales retomaremos más adelante, me gustaría hacer un breve recorrido en un intento de transmitir el concepto de invención en la psicosis ¿Por qué en la psicosis? Porque para mí, el psicótico es un inventor por excelencia, no porque otras condiciones subjetivas no inventen algo para tramitar lo insoportable, sino porque por su condición, por su estructura, el psicótico se las tiene que ver, más de cerca y de manera más continúa con eso insoportable, ya sea bajo la forma de las alucinaciones, por ejemplo.

Miller trae como referencia una cita del texto el Atolondradicho, en donde Lacan plantea que a todo ser hablante, la función  de cada uno de sus órganos le hace problema, siendo esta la especificidad del esquizofrénico, tomado por el lenguaje sin el auxilio de ningún discurso establecido. Sin embargo, Miller plantea que siguiendo la tesis de Lacan, es posible plantear que “todos somos esquizofrénicos”, no obstante, nos diferenciamos del mismo, en la medida en que “nosotros adoptamos soluciones típicas, soluciones pobres”[6].

¿Por qué son soluciones pobres? Son pobres porque a diferencia del psicótico, nosotros tomamos algo ya construido, tomamos las soluciones que nos brindan los discursos de la homeostasis, discursos que nos dicen que hay que hacer con el cuerpo: “prohibido comer en este lugar”, “póngase derecho”, “no se siente así”, “no hable con la boca llena”, “hable pasito”, “deje hablar”, “respete a los mayores cuando hablan”, “pida permiso”, “eso no se coloca así”, “no toque eso”, “esa ropa no es para esa ocasión”, “hacer eso en este lugar no está permitido”, entre otros.

Entones, el psicótico, a diferencia de tener soluciones típicas, nos enseña una variedad de invenciones, inéditas; son toda una riqueza sus invenciones, atípicas y, precisamente, por esta razón, son vividas e interpretadas en su mayoría de los casos como un obstáculo, como algo que irrumpe y aumenta la tensión en el discurso homeostático de las instituciones en las que el sujeto psicótico se encuentra.

Una buena educación que no alcanza

Ahora bien, la buena educación, “el aprendizaje de las soluciones típicas”[7], es el fin de muchas instituciones. Cada una a su manera tiene algo que enseñar a su objeto de intervención: curarlo, educarlo, gobernarlo, acomodarlo, entre otros.

El psicótico, en ese sentido, nos enseña, al igual que muchos otros, que hay algo que no opera en esta distribución, algo que se escapa, muy relacionado con lo que transmitía Freud con dos de sus tres imposibles: educar y gobernar.

Una institución que contemple como un imposible de soportar esos imposibles del sujeto y se vea en la necesidad de sostener ciegamente el ideal del discurso de la homeostasis, le costará entender que ocurre con ese sujeto y que función tiene para él sus invenciones. Es llamativo, por que por mucho que algunas instituciones intenten controlarlo todo, siempre hay algo que se escapa.

Una institución, por ejemplo, puede tener el ideal de tener a todos sus pacientes “bonitos”, “bien presentados” y, para tal fin, comprar uniformes para todos; sin embargo, algunos no se acomodan a este ordenamiento. Es así como, para muchos psicóticos, los zapatos no tiene una significación, no sirven para nada, es por eso que pueden caminar sin ellos o tan solo con uno, o incluso, caminar con los zapatos desamarrados o puestos de modo contrario; con la ropa ocurre lo mismo, algunos se exponen al sol durante horas con un abrigo, andan sin camisa o se la colocan de modo inadecuado. Otros necesitan un uniforme impecable, que tenga su nombre; otros no soportan que su vestuario se encuentre tan “bonito” y lo dañan. Es decir, aunque se busque una uniformidad, cada sujeto hace un uso diferente, acomodando el uniforme a su medida o rompiendo con dicha uniformidad.

Si una institución insiste en ese delirio de que todos lleven el uniforme “bien puesto” y no acoge dichas singularidades, se verá forzado a vérselas con la impotencia, al no darle lugar a una imposibilidad lógica: no todo es posible de educar o gobernar.

También aparecen sujetos psicóticos que son refractarios a los efectos de los tratamientos farmacológicos, incluso escapan a los efectos terapéuticos que parte de la salud mental considera de última ratio o de última moda, como lo son, por ejemplo, las terapias electroconvulsivas, tratamientos que tampoco terminan generando lo esperado. Con esto no quiero decir que no sean necesarios, solo intento ilustrar como algunos sujetos se escapan a las prácticas o formas de tratamientos que construyen los discursos amparados en la homeostasis.

Invenciones psicóticas

El psicótico, como sabemos, es un mártir del inconsciente[8]. En esa medida, tiene que vérselas con otro modo de habitar el lenguaje, dejándolo perplejo ante un vació enigmático o causándole angustia ante ese objeto que tiene “en el bolsillo”[9] y que no puede negativizar: esa mirada y esa voz que no cesan de mirar y de hablar o ese cuerpo que se mantiene enigmatizado.

El esquizofrénico, por ejemplo, al estar tomado por el lenguaje y no contar con el auxilio de un discurso establecido, tiene que hacer invenciones que le permitan ligarse a su cuerpo enigmatizado. Cada esquizofrénico tiene su invención: hacerse diferentes amarres en todo su cuerpo, leer un diccionario para lograr entender el significado de las palabras, absorber los rayos del sol para que su cuerpo tome forma, necesitar siempre curaciones en una herida que no existe objetivamente y muchas más.

En el caso del paranoico, tal como lo señala Miller, posee invenciones que no son del mismo registro que las invenciones esquizofrénicas, ya que las invenciones del paranoico “recaen esencialmente sobre el lazo social” y “él se ve llevado a inventar una relación al Otro”[10]. Por ejemplo, crear delirios con ideas persecutorias: “me están envenenando la comida”, “nos están matando”, “me tengo que tapar para que no me reconozcan la cara”, “me humillan por la comida”, “soy el muchacho de la paz”.

También aparecen muchas invenciones como intentos de hacer algo con esas voces que no cesan de no hablar: escuchar música, escribir en un cuaderno, hacer una oración, crear rituales, taparse los oídos con trapos, cargar un estampa de un santo, hacer improvisaciones.

Otras invenciones son un intento de alejarse de la mirada del Otro: se alejan del colectivo, buscan lugares en donde tengan una distancia y puedan observar a su alrededor.

En esa medida, es posible plantear que existen tantas  invenciones como sujetos psicóticos existen. Cada uno con su invención.

Ahora bien, volvemos a nuestras preguntas: ¿Qué lugar tienen las invenciones de un sujeto psicótico en las instituciones a las que pertenece? ¿Cómo son vividas esas invenciones por las instituciones regidas por un discurso de la homeostasis?

Se puede decir que todo depende del discurso que oriente dicha institución o que, a pesar de encontrarse regida por un discurso de la homeostasis, una institución puede llegar a consentir a dejarse enseñar del sujeto psicótico y de lo que pueda aportarle el discurso psicoanalítico.

Algunas instituciones, por ejemplo, no le dan lugar a estas invenciones, sino que intentan imponer su modelo o en algunos casos, profesionales comandados por algún saber, no le dan un lugar a las mismas. En ese sentido, una invención puede interpretarse como un acto de desobediencia, como un desvió o como una falta de ordenamiento.

Por ejemplo, un profesor de artes puede rechazar que un sujeto siempre dibuje lo mismo, que dibuje sin una forma, que solo utilice los mismos colores, forzando al sujeto a pintar lo que se le ordena, siguiendo los pasos, sin salirse de los bordes, tal como el programa lo tiene preparado.

También puede ocurrir que un esquizofrénico en su intento de ligarse a un cuerpo, necesite hacer un uso diferente o excesivo de muchos objetos: llevar siempre la misma mochila, recolectar basura o cualquier desecho, tener muchos anillos, cadenas, maquillarse en exceso, solicitar tener interiores femeninos siendo hombre, entre otras invenciones. En consecuencia, si un sujeto de estos se encuentra en una institución que intente seguir un ordenamiento al pie de la letra, en donde todos lleven el uniforme “bien puesto”, que necesite que se encuentren limpios y bien organizados, puede no llegar a soportar o consentir dichas invenciones.

En fin, una institución o determinado profesional pueden desconocer que lo interpretado por ellos como problemático, como algo que no sirve para nada, realmente sea todo un trabajo que hace un psicótico para tramitar lo insoportable que lo invade y que quizá, si su deseo como profesional o institución es que todo marche, a veces las cosas pueden marchar mejor, si se llega a reconoce el trabajo sin igual de cada psicótico. Esas invenciones pueden permitir que todo marche, pero de un modo distinto.

[1] Miller, J. La invención psicótica. Revista Virtualia, Marzo 2007, vol. 16, pp. 2-12, disponible en: http://www.revistavirtualia.com/articulos/500/formas-contemporaneas-de-la-psicosis/la-invencion-psicotica

[2] Miller, J. Un esfuerzo de poesía: tiempos modernos. Buenos aires, Paidós, 2016, p.42

[3] Ibíd, p. 46-47

[4]Ibíd,p.48

[5] Miller, J. La invención psicótica. Revista Virtualia, Marzo 2007, vol. 16, p. 2

[6] Ibíd,p.3

[7] Ibíd,p.3

[8] Lacan, J. (1955-1956) El seminario, libro 3. Las psicosis. Buenos Aires. Paidós. 1984, p. 190.

[9] Lacan, J. (1967) “Breve discurso a los psiquiatras”. Inédito.

[10] Miller, J. La invención psicótica. Revista Virtualia, Marzo 2007, vol. 16, p. 7

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *